jueves, 17 de noviembre de 2016

Los comienzos del Caganotas: El Becario

Por Andrés Gallegos

I

Como ya saben, Odilón Solís está muerto. Pero antes de que su mierda llenara planas de periódicos y su olor nauseabundo se impregnara en las rotativas del diario “Mañanitas”, se podría decir que era un estreñido de la profesión. Hace tres años, cuando iniciaba sus prácticas en la sección económica de otro periódico, “Noticias frescas”, un editor le recriminó una falta, a su juicio, imperdonable: Odilón tenía diez minutos sin colocar una sola letra en el procesador de textos de su computadora, y su cara reflejaba preocupación.

- ¿Por qué no estás trabajando? – el editor vestía un chaleco gris de la empresa, el cual lucía todos los días ya que, según él, eso lo hacía ser periodista, como la bata al médico o la chaqueta negra a un motociclista.

- Estoy pensando en cómo hacer la nota de esta entrevista con el subsecretario de Tranzas y Embutes de la Confederación Estatal de Campesinos de Sorgo y Otras Gramíneas de Jalisco… - Odilón hizo una pausa y complementó – La verdad es que tengo ganas de ir al baño.

- No, no, no – negó como San Pedro el editor – Regla número uno de la profesión, primero hace las notas y después caga.

- ¿Y si me hago caca encima? – preguntó Odilón, con ojos suplicantes de cachorro canino y frotando sus nalgas en el asiento.

- Aguántese. El periodismo es sufrimiento. Todo se posterga, hasta los intestinos, con tal de traer la nota de ocho. ¡Mejor cague esos cinco mil caracteres que le pedí, rápido, que lleva media hora de retraso!

Nuestro protagonista canceló sus necesidades fisiológicas por el bien de la institución periodística. Pero como era joven y apenas iba aprendiendo, esos cinco mil caracteres tardaron poco más de una hora en reflejarse en el procesador de textos. Ya iba a enviar su nota al editor, cuando éste le dijo

- Ni se moleste ya, nos llevamos el boletín. Acá ya lo revolqué, no se preocupe.

Odilón enfureció y pensó en cagarse, pero en la cara de su jefe inmediato. Pero ese día, aprendió que en la profesión, la mejor manera de protestar ese tipo de decisiones es pedorreándose lejos de los jefes y patrones, de tal manera que no perciban el olor con sus hipersensibles narices.  

II

Odilón abandonó sus prácticas en “Noticias frescas” el día en que, como buen becario, le llevó un café y un panecillo de cierta tienda de autoservicio al director general del periódico, a quien por razones de confidencialidad, solo llamaremos Raymundo Valadez. Entró a la oficina, donde se celebraba una junta editorial. Algunos jefes de sección y subalternos incondicionales del jefe, incluyendo al editor de economía, estaban presentes.

- ¿Se acuerdan de esta vieja, la que sale dando noticias en la tele?. Pues yo la vi un día y lo primero que le dije fue, “mamacita, con ese culo bien podrías cagar bombones”. – narró Raymundo

Jajajajaja, asintieron los presentes.

- ¿Y saben lo que me respondió? –  continuó el director con la historia – “viejo pelado, ya sé quién eres, te mataré en el noticiero, hijo de la chingada”. Pero yo le comenté, “mejor mátame a pedos, que quiero morir hediondo”.

Jajajajaja, aprobaron los presentes, en las que estaban tres o cuatro mujeres.

Pero hubo uno que no hizo jajajajaja, y el director, a quien le gustaba que todos respondieron con jajajajaja a cualquiera de sus chistes o historias, lo notó. 

- Y usted por qué no se ríe de mi historia, ¿eh? – le preguntó, sin nada de jajajajaja, Raymundo Valadez.

Odilón se caracterizaba por ser sincero.

- Por qué no me parece graciosa – replicó – Además, solo vine a dejarle su café y su pan. Adiós.

Como dos horas después, el director lo llama a solas en su oficina. Lo invitó a sentarse y le dijo.

- Me gusta su sinceridad. Usted es honesto, no es como mis aduladores que se ríen de todo para escalar posiciones en el periódico, o para evitar que yo los corra, haciéndoles firmar la renuncia. Pero al final, usted entenderá que uno se tiene que reír de muchas cosas, aunque no sean graciosas, con tal de sobrevivir en este entorno lleno de lágrimas.

Nuestro joven prospecto de periodista no entendía muy bien aquellas palabras, pero no pidió aclaraciones. Solo atinó a decir “gracias”. Raymundo Valadez prosiguió y se puso a divagar

- Juventud, divino tesoro. Cómo quisiera ser joven como usted, tener esa vitalidad, esos sueños. ¿Sabe?, yo a su edad era bastante guapo y había varias periodistas que morían por mí. ¿Usted tiene novia?, no me lo tome a mal, eso que dije de la mujer del noticiero no es literal, lo que pasa es que me gusta jugar un poco. Las mujeres son bellas, son divinas, nada podríamos hacer sin ellas, ¿no cree?.

- Ajá – respondió Odilón

- Bueno, solo quería conocerle – dijo el director con tono suave – ya puede irse a trabajar tranquilamente, que hay que desquitar el sueldo, ¿eh?

Odilón, como ya dijimos, era sincero. Demasiado.

- Pues la verdad no recibo ningún sueldo. Soy practicante, yo pongo todo de mi dinero, camiones, recargas a celular, comidas. Me gustaría tener algún apoyo económico – señaló.

Raymundo Valadez le entregó una gran lección, con consecuencias perdurables para la posterior historia y leyenda del Caganotas.

- De niños, no aprendíamos a controlar el culo, y pues nos cagábamos en cualquier lado, por eso usábamos pañales. Pero los adultos tenemos la capacidad de aguantar la mierda un rato más mientras buscamos un baño donde tirar la nutria. La clave de esta profesión es saber el momento adecuado y conveniente para soltar la mierda, pero para eso se necesita haber almacenado muchos excrementos previamente. Usted está en la época donde está comiendo mucho para finalmente cagar todo de una vez. Tenga paciencia, pronto llegará el momento en que podrá soltar toda su diarrea al mundo, y ser recompensando por ello. Joven, debe entender que en cualquier trabajo, se necesita estar estreñido y cagar piedras para entender el disfrute de un buen zurrar.

Al día siguiente, Odilón revisaba las secciones de empleo.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Muerte en abonos chiquitos (Cuento basado en hechos reales)

Por Andrés Gallegos

Jacinta se empeñó en comprar un ataúd para Adrián, su hijo, desde aquella noche en que murió su madre Consuelo. En aquellos últimos minutos, Jacinta pareció escuchar de los labios moribundos y pálidos de su madre una última voluntad, y como Juan Preciado en Pedro Páramo, ella estaba en un plan de prometerlo todo.


- Compra una caja… de caoba… que la pinten de blanco… para mi nieto… -

La impaciencia de Tanatos interrumpió su consejo.

Apenas enterró a su madre, Jacinta acudió a una funeraria cuyo nombre nadie quiere recordar. Serían 16 mil 500 pesos por el ataúd, de contado, pero podía pagar un poco más, por una módica cantidad de 200 pesos semanales.

- No se moleste en venir, señora, nosotros mandaremos personalmente a uno de nuestros vendedores a recoger el dinero en su casa– dijo el ejecutivo que firmó el contrato con Jacinta, cuyo nombre no diremos por miedo a represalias.

A Jacinta todo le pareció bien; las condiciones del contrato, las facilidades de pago, hasta el olor floral de la oficina donde firmó el convenio. “Hay que prevenir, porque la muerte nos llega a todos, Dios no lo quiera, en algún momento, ojalá no pronto”, pensaba esta mujer de casi 50 años de edad, mientras miraba hacia abajo sentada, tal vez para esconder sus propias contradicciones.

Semana a semana, como un Ghost Rider con pantalones de lana, camisa amarilla de botones y un casco negro que se estaba despintando, tocaba a la puerta un señor desgarbado, con bigote revolucionario y una cara tan regordeta donde apenas entraba el casco, con nombre de azúcar, Fructuoso. En las primeras semanas, Jacinta daba puntualmente sus 200 pesos, pero de pronto, sus pagos se volvieron intermitentes. Sus manos cansadas dejaron de limpiar casas, ocupación a la que se dedicaba, y tenía que dedicarse a otros negocios que daban ingresos intermitentes, como llevar comida a domicilio o vender productos de belleza por catálogo.

La funeraria le llamaba por teléfono, insistiéndole en la importancia de abonar oportunamente. “No pierda la posibilidad de darle a su hijo un buen descanso en la otra vida”, le decían. Una de las semanas en las que Jacinta quedó a deber, Fructuoso, el vendedor, le gritó con una voz desgastada como los ruidos de su motocicleta.

- Ultimadamente, señora, si no tiene dinero para pagar, que a usted y a su hijo se los lleve el diablo. Pero no me haga venir acá para nada –

Jacinta le comentó que ella les hablaría cuando tuviera dinero, pero el motociclista seguía acudiendo a su casa cada semana, con o sin los 200 pesos de rigor. Temiendo encontrarse con ese vendedor, Jacinta prefirió mandar a su hijo, el beneficiario de aquél ataúd comprado prematuramente, a recibirlo en la puerta. Adrián era un joven de 22 años, estudiaba una licenciatura en psicología, y siempre renegaba cuando iba a decirle a Fructuoso que no tenían dinero, que a lo mejor la próxima semana habría mejor suerte.

- Pues no entiendo cómo te metiste en esa bronca. Ya te dije que el día en que muera, mi pinche cuerpo lo hagan cenizas y si quieren, las espolvorean en galletas –  Adrián acababa de ver un episodio de South Park, en donde el protagonista Eric Cartman se comía accidentalmente las cenizas de su amigo, mil veces muerto y siempre resucitado, Kenny McCormick.

- ¡Ah, cabrón, como reniegas!, todavía que la pinche caja será para ti, andas poniendo peros – decía su madre.

- No me quieras matar tan pronto. ¿Qué ya no me quieres? – le decía su hijo en broma, mientras la abrazaba y le daba un beso en la mejilla, como buen hijo chiqueado y mimado que era.

Pasaron varias semanas, y las amenazas telefónicas, más los mohines y berrinches de Fructuoso, se elevaron de tono. Jacinta llegó a pensar en evadir para siempre aquel compromiso, no suicidándose, por supuesto, pero si cancelando la deuda, aunque perdiera el dinero que ya había dado. Pero ella era una mujer cumplida a la que no le gustaba deber, y además, estaba la promesa que le hizo a su madre agónica. Su hijo no moriría en una fosa común como su abuela, corrompiéndose con los huesos de extraños, que en vida fueron delincuentes, indigentes, facinerosos, vagabundos, y sepa Dios que otras actividades malvadas.

Luego de ese tiempo que dejó de pagar, como cuatro meses, Jacinta se volvió a poner al corriente con los pagos, aunque a veces no le alcanzara para comer. Le faltaban como 7 mil pesos que liquidó puntualmente. La semana en la que solventó sus últimos 200 pesos con la funeraria, Fructuoso le comentó que, la próxima semana, le haría una última visita, donde le entregaría un documento donde constaba la adquisición de un ataúd, blanco, de caoba, que podía reclamar cualquier pariente o familiar para cuando Adrián diera sus últimos estertores en la Tierra.

A la semana siguiente, Fructuoso ya no manejaba una motocicleta, sino una especie de limusina. Junto a él venían dos hombres vestidos de pantalón negro, saco del mismo color y camisas blancas. Fructuoso les pidió que sacaran el ataúd y aguardaran fuera del coche, ya que en esas colonias, cualquier vivales ve un auto lujoso y decide rayonearlo por placer.

- Venimos a enterrar a su hijo, tal y como lo estipula el contrato – dijo Fructuoso.

Adrián estaba en su cuarto, navegando en Internet. Se había graduado en psicología y trabajaba como ayudante en un consultorio terapéutico del padre de un amigo de la facultad. Todavía vivía con su madre porque, en este México de salarios escasos y rentas por las nubes, resulta más económico seguir viviendo en el techo familiar.

Quienes fueron testigos de aquel evento, aseguran que el joven salió de su casa, saludó a los miembros de la carroza fúnebre por voluntad propia, y se acostó en el ataúd para siempre. El documento que Fructuoso le había prometido a Jacinta solo consistía del logo de la funeraria y una frase, atribuida al filósofo helénico Epicuro:

“La muerte, temida como el más horrible de los males, no es en realidad nada, pues mientras nosotros somos, la muerte no es, y cuando esta llega, nosotros no somos”.

lunes, 22 de agosto de 2016

Enrique Peña Nieto y el problema del plagio

Por Andrés Gallegos

Tal vez la investigación de Aristegui Noticias sobre el plagio de la tesis de derecho del presidente Enrique Peña Nieto, no tenga la fuerza o el escándalo mediático de la Casa Blanca, pero no es un trabajo periodístico menor. Así como tampoco es menor el problema del plagio, una de las manifestaciones más visibles de la deshonestidad y la simulación, estos virus que después mutan en situaciones graves que nuestro país no se quita de encima, como la corrupción, el despilfarro o la hediondez que desprende el poder para no desapegarse de sus privilegios. En la academia, el plagio de una tesis representa un asunto muy grave el cuál, la mayoría de las veces, concluye con el descrédito de académicos que creíamos intachables y eruditos, o la expulsión de estudiantes que han decidido equivocarse intencionalmente. No creo que suceda lo mismo con Enrique Peña Nieto, pero en todo caso, es una manchita más a un tigre demasiado desacreditado ya, y aunque solo sea eso, una manchita, pintarla es un logro para el mejor periodismo, ese que convierte en cebras hasta a los animales más salvajes.

En México, los plagios académicos se han presentado con más frecuencia en los últimos años. El chileno Rodrigo Núñez Arancibia hizo carrera como historiador en México, y daba clases en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Se especializaba en multitud de temas; Revolución Mexicana, liberalismo en Sudamérica, religión de la Nueva España, etnicidad, el concepto de historia de Collingwood, o el método de enseñanza mutua en Hispanoamérica. El problema era que todas sus investigaciones eran trabajos de otros que él copiaba y entregaba como suyos a comités evaluadores de editoriales universitarias. Descubierto e inhabilitado por el Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología (CONACYT) por 20 años, regresó a Chile y lo confesó todo, “sabía que iba a chocar como un tren contra una pared, haciéndome pedazos”, declaró a finales del 2015 al periódico andino La Tercera. Nuñez perdió, inclusive, su título de doctor en Ciencias Sociales por el Colegio de México, que había obtenido tras plagiar su tesis sobre el empresariado chileno.

Boris Berenzon Gorn era un profesor de historia en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), famoso por faltar a las clases y cobrarlas mandando a un tercero a firmar por él, lo que ocasionó la queja de una estudiante a través del blog “Yo quiero un trabajo como el de Boris”. Con el tiempo, resultó que Berenzon era un simulador que no solo fingía dar clases, sino que fingió su prestigio académico plagiando ensayos, trabajos de investigación, ponencias y su tesis de doctorado. A pesar de los intentos de sus amigos académicos, los cuales insistían en que las acusaciones eran un intento por minar la credibilidad de la UNAM, Berenzon fue despedido de su cargo en el 2013 por “graves deficiencias en las labores docentes o de investigación, objetivamente comprobadas”.

En la academia, el plagio es una de las peores acusaciones que pueden existir, ya que la ciencia maneja un “ethos” donde el científico e investigador debe respetar la honradez intelectual y la veracidad, siguiendo el análisis sobre la investigación científica defendida por el sociólogo estadounidense Robert K. Merton. Lo sabe gente como Juan Pascual Gay, despedido por el Colegio de San Luis por copiar un ensayo académico de una revista española, o el ya conocido caso de Sealtiel Alatriste, quien renunció a un lucrativo empleo como coordinador de Difusión Cultural de la UNAM y al Premio Xavier Villaurrutia, posiblemente el más importante de la literatura mexicana, por sus múltiples copy-paste, inclusive de la Wikipedia. Otro plagiador, Alfredo Bryce Echenique, eclipsó su maestría literaria, reconocida por obras como “Un Mundo para Julius”, gracias al plagio de decenas de artículos periodísticos, lo que provocó una fuerte oposición a la decisión de darle el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. La misma Universidad de Guadalajara tiene casos de plagio, como el profesor Mario Alberto Orozco, quien copió sin citar debidamente 84 párrafos de su tesis doctoral en Ingeniería Ambiental por la Universidad Politécnica de Cataluña.

En mi trayectoria de estudiante, se han presentado también casos de plagio. En la licenciatura en periodismo, un profesor del cual no diré su nombre, pero hasta hace poco estuvo trabajando en el gabinete de un municipio de la Zona Metropolitana de Guadalajara, copió entero el artículo de la Enciclopedia Encarta sobre la Revolución Mexicana, para presentarlo en diapositivas durante una clase, sin citar la fuente. Inclusive, el periodismo deportivo es un gran teatro de simuladores. Por ejemplo, Kary Correa, conocida por ser presentadora de programas en ESPN y por presumir muy buenas carnes, plagió un escrito de una página de deportes, llamada “El nueve y medio”, que hablaba sobre la gesta de la selección de Islandia en la Eurocopa, firmado por Gustavo Gutiérrez. El texto, titulado “El modelo islandés”, constaba de una entrevista a profundidad a un exjugador y asistente técnico islandés, pero solo tenía un inconveniente, no tenía el potencial de repercusión mediática del “líder mundial en deportes”.

Pal Schmitt, presidente de Hungría quien dimitió por plagio académico.
Todos nos acordamos de la incapacidad del presidente al dar el título de tres libros que le habían marcado su vida, pero pocos se acuerdan del motivo por el cual Peña Nieto estaba en la FIL; la presentación de “su” libro, titulado “México, la gran esperanza”. A saber quién le haya escrito ese texto, allí nos dimos cuenta de que una persona con semejantes signos de estupidez nunca hubiera podido escribir ni un solo párrafo de aquel desperdicio de papel, pero el escándalo mediático impidió el análisis de un plagio potencial. Ahora un equipo de periodistas, encabezados por Carmen Aristegui, comprueba que de su tesis de licenciatura es “trucha” en un 30 por ciento, y todos se quejan de que “no ha dicho nada nuevo” y que es un caso de bullying mediático de Aristegui contra el presidente que, "en las sombras", provocó su salida de MVS. Solo diré lo siguiente, todos los días hay percances automovilísticos que casi terminan en accidentes, gracias a choferes distraídos y automovilistas sin respeto por las leyes de vialidad, y todos los días, mínimo, les mentamos la madre a esos peligros del volante, aunque sea en nuestras mentes. Sería una insensatez disculpar al próximo que nos choque el vehículo, bajo el argumento de que ya sabíamos que el que nos chocó era un burro de dos patas, o porque todos los días hay accidentes de tránsito. Lo mismo acá, ya sabemos que Peña Nieto es un corrupto y un inepto, pero si lo recalca día tras día, no nos queda otra más que mostrarlo.

Probablemente en México no pase nada, pero recordemos que el plagio ha ocasionado cismas y despidos en mandatarios y secretarios de estado de otros países. Políticos de otras naciones han renunciado a sus cargos tras darse a conocer sus plagios académicos. El presidente de Hungría, Pál Schmitt, renunció a su cargo en abril de 2012 tras corroborarse el plagio de su tesis de doctorado, que trataba sobre los Juegos Olímpicos, e irónicamente, había sido premiada con el título “summa cum laude” (“con los máximos honores” en latín). En Alemania, el entonces ministro de defensa Karl Theodor zu Guttenberg abandonó su puesto en 2011 tras comprobarse que hizo copy-paste de su tesis doctoral en Derecho. Dos años después, Annette Schavan, ministra de educación y ciencia de Alemania, gran crítica de Guttenberg por su plagio, dijo adiós a su puesto al piratearse la investigación que le permitió obtener un doctorado en Filosofía por la Universidad de Düsseldorf.

Yo no he terminado todavía mi tesis de maestría, pero al menos tuve mucho cuidado en que no me acusaran de plagio, y nunca lo hicieron durante mis presentaciones de avances en los coloquios semestrales de investigación, a pesar de algunos errores en las citas. Si a un pobre diablo como yo le exigían no copiar, y tenía clases completas sobre cómo citar con APA y demás, supongo que al presidente de la República habría que exigírselo también. Al hacer contrición de sus plagios en La Tercera, Rodrigo Núñez decía no merecer una segunda oportunidad, ya que el plagio “es una vergüenza muy grande. Ahora estoy asumiendo la sanción social de haberle fallado a mucha gente, que es lo que más duele, y las sanciones que vengan. Pero si fallé en algo tan básico, como la responsabilidad moral de ser honesto, algo que aprendemos de niños”...

martes, 9 de agosto de 2016

Deportistas buenotas o el sexismo en las Olimpiadas

Por Andrés Gallegos

En Beijing 2008, Yelena Isinbayeva era la belleza que conquistó al mundo por su récord mundial en el salto con pértiga. Tengo ojos para ver y sensibilidad para apreciar, la rusa es hermosa y está buenísima. ¿Pero que hubiéramos pensado si algún medio hubiera titulado a ocho columnas, “Usain Bolt, el guapo más veloz de la Tierra”?, lo más probable es que pensarían que ese periódico salió del closet (y además, presume de gustos excesivos).

Traigo esto a colación, debido a un estudio de la Universidad de Cambridge que encuentra evidencias de sexismo en varios medios deportivos a nivel mundial. Es decir, se utiliza un lenguaje denigrante o machista hacia las mujeres atletas, quienes además, reciben menor reconocimiento de sus logros deportivos. Por ejemplo, mientras los hombres son “genios”, “dominantes” y “fantásticos”, las mujeres son “participantes”, “esposas de”, “soltera”, “embarazada” o “sexys”.

Lo que más me llama la atención de esta investigación es la reacción a la defensiva de muchas personas. Prácticamente, señalan que el estudio es una pérdida de tiempo, lo catalogan como berrinches y pataletas de feminazis con mucho tiempo libre, y se quejan, al estilo Clint Eastwood, de vivir en la dictadura de lo políticamente correcto, con una generación de cobardes que se victimizan por todo. Reconozco que, al menos en lo que dice el cineasta, puedo estar de acuerdo (aunque no en su totalidad). Pero sí creo que hay un sexismo latente el cual no queremos reconocer, no solo en los medios de comunicación, sino en la sociedad.

Recuerdo que cuando Ana Guevara era la mejor corredora de 400 metros del mundo, muchos aficionados no solo hablaban de sus medallas de oro, sino de su aspecto “masculino” y su voz grave, poco “femenina”. Años después, al dedicarse a una actividad de claro dominio varonil como la política, cuyo estigma no se circunscribe a la corrupción, sino a la deshonra de “haber dado las nalgas” o ser “la esposa del gobernador”, Ana Guevara hizo críticas a la medalla de oro del futbol varonil en Londres. A “Anita”, como algún palurdo comentarista la llamaba (a nadie escuché llamar “Nandito” a Fernando Platas, por ejemplo), no solo le cayó el descrédito de redes sociales y aficionados por envidiosa y andar de grilla, sino además, dudaron abiertamente de su sexualidad y directamente la llamaban hombre o travesti.

En los Juegos Olímpicos que me ha tocado ver, los medios de comunicación han solido dirigir algún alborozado piropo a atletas estéticamente más proclives a ser catalogadas como bellas, como Iridia Salazar o Paola Espinosa. No podían decir lo mismo de mujeres como Guevara o Soraya Jiménez, cuyo cuerpo fornido, estatura baja y pelo corto, motivó a cierto profesor de licenciatura a decir que las mexicanas tienen cuerpos como Soraya y que se bajaran de la nube, porque era imposible emular una belleza como la de María Sharapova. A otras medallistas como Belem Guerrero, fueron durante mucho tiempo ninguneadas, entre otras cosas, por su origen humilde y constitución física menudita, mientras compañeras ciclistas de mayor atractivo como Nancy Contreras, eran requeridas para sesiones de fotos en revistas.

El sexismo no está solo en medios de comunicación, sino que repercute directamente en las audiencias. Pero la influencia mediática es innegable. Las principales televisoras, con excepciones, tienen a la mujer como un objeto visual más que como una aportación sustancial de conocimientos deportivos. Los periódicos sensacionalistas sacan en sus páginas traseras y en los más buscados de la web a mujeres desnudas, y solo sacan a un muchacho en poca ropa sino es para mofarse de él por su pretendida mariconería, como Cristiano Ronaldo y sus modelajes de calzones Calvin Klein o sus abrazos con amigos en algún yate. Los medios, como entidades de lucro, no cambiarán ese trato al sexo femenino porque les da ventas

Inclusive, esto no solo aplica para las mujeres. Cuando el clavadista británico Thomas Daley dio a conocer que tenía una relación amorosa con un hombre, pasó de ser uno de los “papacitos” del deporte, a hacer continuas acotaciones y señalamientos sobre sus preferencias sexuales. En un entorno que debería aceptar con normalidad la homosexualidad de x o y deportista, no se darían estas explicaciones. Es como si los medios de comunicación hicieran hincapié en que a Lionel Messi le gustan los días soleados y la cumbia villera cada vez que da un pase de gol. Las preferencias no inciden en el rendimiento deportivo, aunque puedan ser buenas historias.

No obstante, noto que mucho público, por supuesto en su mayoría varones, es resistente a detectar estas anomalías. Ya dije que una reacción es acusar de exageradas a quienes hacen alguna observación medianamente crítica, o directamente anularla en base a estereotipos que nos ayudan a hacer bromas fáciles. Una de las estratagemas más burdas para ridiculizar la ideología del adversario, consiste en hacer simplificaciones groseras de lo que defiende. Así, las feministas pasan a ser feminazis, un cónclave esotérico de brujas gordas y malcogidas, con vello en las axilas, y cuyo tiempo destinan a quejarse de su fealdad omnisciente con carteles que atacan al “machista falocéntrico heteropatriarcal”.

Finalizo diciendo que, aunque es cierto que hoy existe una moda de victimizarse por cualquier cosa, existen elementos para reconocer, aunque sea, ciertos atisbos sexistas en nuestro modo de ver y analizar a las mujeres deportistas de los Juegos Olímpicos. Es como el grito de “puto” en los estadios, el cual yo y muchos hemos gritado, no nos hace unos homofóbicos intolerantes ni religiosos monoteístas fanáticos, pero el grito, en su origen, contiene elementos que responden a un ambiente de rechazo al “cobarde”, al “pasivo”, en suma, al “poco hombre” que se asocia a los homosexuales. Y aunque ser conscientes de ese sexismo no obliga a rechazar el disfrute estético de traseros firmes y caras bonitas (confieso que mis favoritas son las voleibolistas), reducir esa visión mediática y sesgada de la mujer nos haría bien.

Les pondré el siguiente ejemplo. Invito a leer este texto, con elementos que podrían considerarse sexistas, sobre Michael Phelps. Es un ejemplo tan sonrojante que no lo publicarían ni en Cosmopolitan:

El muñeco de Baltimore

Michael Phelps no solo impacta por sus medallas, sino por su belleza. El nadador estadounidense vence a sus rivales en la piscina y derrite corazones con sus ojos negros, mirada retadora que intimidó a otros buenorros como el sudáfricano Chad Le Clos, su barba cerrada, su abdomen marcado y unos brazos fuertes y largos para ser estrechados por ellos para siempre. Sus participaciones en Juegos Olímpicos han robado la atención de los medios por la elegancia de su sonrisa al alcanzar oros y récords mundiales, más su capacidad de combinar su talento en la piscina con un arrollador sex-appeal

Sus 25 medallas olímpicas no serían posibles sin el apoyo de su esposa Nichole Johnson, quien ha sido clave para la estabilidad emocional de su esposo y para que compagine sus ganas de competir con las labores del hogar, más ahora que tienen un bebé de pocos meses de edad. Así, Phelps demuestra no solo ser un bombón, sino además un campeón en todos los aspectos de su vida.

Obviamente es un ejemplo algo burdo, pero ¿acaso no es diferente a lo que comúnmente leen en la prensa deportiva sobre Michael Phelps?, ¿leen cosas de este tipo en la prensa general sobre los atletas masculinos?.



jueves, 4 de agosto de 2016

Remembranzas de Juegos Olímpicos

Por Andrés Gallegos

SYDNEY 2000

Alejandro Cárdenas, el tercer lugar mundial de la carrera de 400 metros más rápida de la historia, era la gran esperanza de medalla mexicana. Pero sus piernas estaban rotas, y no nos dimos cuenta hasta que se partieron en pedazos en el tartán de Sydney.

Todos los mexicanos nos sentíamos orgullosos de tener un cuerpo como el de Soraya Jiménez.

Descalificado por tercera vez en la carrera antes de cruzar la meta, Bernardo Segura simuló ganar el oro de los 20 kilómetros de marcha, mientras México simulaba festejar su proeza, y después, junto con él, simulamos ser víctimas de un robo olímpico. Al simulador, consciente de su farsa, se le cayó el teatrito en el momento que el presidente Ernesto Zedillo simulaba felicitarlo, ya que eran los últimos momentos de una democracia simulada de partido único de 70 años, mientras su sucesor prometía un cambio que terminó por ser una simulación.

Los esteroides BALCO dominaban las pruebas de velocidad, a través de sus representantes Maurice Greene y Marion Jones. Años después, en un acto de escarnio público, la corredora perdió sus medallas, su casa y su libertad. BALCO no respondió por su mejor cliente, porque la empresa no se hace responsable del mal uso que la persona destine a sus productos.

No sabía nadar, se ahogaba, y era tan lento como el agua estancada de un charco. No obstante, allí va, casi chapoteando en la piscina, Eric Moussambani, el nadador que mejor personificó el espíritu olímpico, y el que más emociones provocó a todo el mundo en el año 2000.

ATENAS 2004

Acorralados por los vampiros del antidoping, Konstantinos Kenteris y Ekatherine Thanou planearon su última evasión. Los Bonnie y Clyde helénicos, ídolos nacionales prefabricados por el Estado a través de un programa de anabólicos y otras drogas, presumían de medallas olímpicas pero solo corrían en competencias sin policías ni ley. Asustados, perdidos en la carretera y cobijados en la oscuridad de la noche previa a la inauguración de las Olimpiadas, a sabiendas de que no podían huir de la ley como tantas otras veces, se accidentaron en su motocicleta, y fueron hospitalizados. Los griegos, incrédulos, pedían que les dijeran la verdad, pero no podía haber verdad en donde todo, hasta el accidente, era mentira.

En 2012, la senadora del Partido de Trabajo por el estado de Sonora, Ana Gabriela Guevara, fue a rendir protesta de su puesto a San Lázaro, la sede de la Cámara de Diputados. Al lamentar su falta de ubicuidad, la funcionaria pública seguramente recordó que este defecto también marcó su carrera como velocista de 400 metros. En 2003, Guevara ganó competencia tras competencia, incluido el Mundial de Atletismo. Nadie le hacía sombra. Pero en 2004, año olímpico, la bahameña Tonique Williams la relegó a un segundo plano, y además, Guevara tenía problemas físicos. Sus 49 segundos con 56 centésimas le entregaron una merecida y valiosa plata, pero muchos mexicanos, acostumbrados a sus primeros lugares, vieron el premio como una decepción. Ana Gabriela no perdió el oro, lo que pasó fue que corrió tan rápido que llegó con demasiada anticipación a la meta, exactamente un año antes, y se equivocó de sitio.

Alexei Nemov, el gimnasta bello, enamoró a los aficionados de la gimnasia, pero los jueces lo dejaron fuera del podio de medallas al darle calificaciones bajas. Mientras los griegos enardecían como en los tiempos del juicio de Sócrates, Nemov pidió silencio para que la competencia pudiera proseguir. Debían asumir la condena, por injusta que fuera, tal y como el viejo barbón e impertinente les había enseñado dos mil 300 años antes.

BEIJING 2008

Usain Bolt corrió tan rápido los 100 metros, que algunos temieron que a sus pies le salieran ruedas y en su espalda se encendiera un cohete. El jamaicano se dio cuenta en los últimos 20 metros, y decidió celebrar antes de tiempo para que nadie lo perdiera de vista.

El tacto es esencial para que los seres humanos sientan, físicamente, el amor y la estima de nuestros semejantes. Damos palmadas amistosas en la espalda a un amigo, el bebé toca la cara o los dedos de sus padres para conocer el mundo en que vivirá, y las manos palpan y recorren, tibias, con fuerza, los cuerpos de los amantes. En la natación, no basta con tocar, sino tocar con fuerza, porque en el tacto decidido se definen las medallas y los récords mundiales. Los 100 metros libres de Beijing se definieron en un duelo de caricias  El sistema tecnológico que registra los manotazos finales dio como ganador a Michael Phelps, abriéndole la posibilidad de ganar 8 medallas de oro e ingresar a la eternidad olímpica. Yo aún ahora, sigo creyendo que el serbio Milorad Cavic tocó primero la meta. Pero se limitó a tocar como un amigo, como un bebé, como un amante, y no como un nadador.

Liu Xiang ganó el oro y el récord mundial de los 110 metros con vallas en Atenas 2004, y fue tan ovacionado por los chinos, que vieron en el corredor a un nuevo Aquiles. Xiang se lo creyó tanto que al final lo imitó en todo, hasta en la debilidad de su tendón. El héroe que podía saltar hasta la Gran Muralla, tenía a más de mil millones de compatriotas dependiendo y viviendo de sus pies, y la carga fue tanta que su tendón del pie derecho se desgarró. El estadio de atletismo enmudeció como los lectores de la Iliada, Aquiles había sido alcanzado por la flecha de Paris antes de que empezara a entrenar siquiera. Cuatro años después, Xiang regresó a la pista, y el maldito tendón lo volvió a retirar, esta vez para siempre.

LONDRES 2012

I

Le hicieron una pregunta al editor web de deportes de “El Informador” (no daré su nombre, pero varios de mis lectores habituales sabrán quién es) "¿Cuál era la última Olimpiada donde México ganó más de cinco medallas?". Yo sabía la respuesta, y se la di a uno de los jefes de ese periódico. Le dije de memoria los ganadores de las seis medallas de Sydney 2000, con nombres de los atletas y la disciplina donde lo lograron. Ese jefe me escuchó y finalmente le dijo al editor, “cuídate, porque te van a quitar la chamba”.

El editor, zalamero con los jefes y antipático con sus subalternos, no tolero la intromisión de su chalán y me habló, en ese tono conciliatorio que seguramente aprendió de las películas de mafiosos. “Yo le iba a decir la respuesta, por favor no lo vuelvas a hacer”, dijo. Luego me contó la historia de un chico que entró a prácticas del periódico, que tenía muchos conocimientos de tenis y convenció a un editor jefe, al que le gustaba el mismo deporte, sin embargo, tiempo después demostró ser un incompetente y lo corrieron, por presumido. Era una indirecta para mí, aunque tal vez ese editor me estaba contando su autobiografía, aunque sin los conocimientos del deporte blanco ni el despido. Moraleja: cuando se encuentren a una persona así, ríanse, porque tiene más miedo que ustedes, y luego váyanse, corren el riesgo de pudrirse a su lado.

II

Jorge Enríquez se quedó a vivir en Londres, y ya nunca más regresó a México. Al ganar el oro con su Selección Nacional, decidió que era el momento de terminar con su carrera futbolística, pues ya había llegado a un momento cumbre en su vida. Se quedó a pasear en el Támesis, a contar las horas en el Big Ben, a disfrutar del arte en el Tate Modern, y a visitar a la reina en el Palacio de Buckingham. Practicó su “queen english” con transmisiones de la BBC, y ahora habla con un perfecto acento británico.

A los ganadores de las antiguas Olimpiadas griegas, se les construían estatuas y los poetas les componían canciones en su honor. Enríquez decidió honrar su hazaña del 2012 mediante un contínuo culto mental a ese logro, él mismo se canta y se erige esculturas, las cuales adornan cada rincón de su vida. Cuentan los pocos londinenses que lo reconocen, que ven caminar todos los días por sus calles a un chico sin pelo, con ropa deportiva de camisa blanca y pantalón verde, alto y moreno, con una medalla de oro colgada al cuello y una corona de olivo en la cabeza. Cuando alguno intenta indagar su vida, solo responde, “This is my gold medal”, y baja la mirada hacia el brillo reluciente de su metal dorado.

Muchos dicen que lo que digo es mentira. Aseguran que Enríquez regresó a México, y continuó jugando al futbol. Amigos me mostraron un partido de un tal Coras Tepic, enfrentando a un equipo al que nombran Leones Negros, y me dijeron, “ese hijo de la chingada vividor que viste entrar de cambio, es el Chatón Enríquez”. Yo insisto en que mi historia es verdadera. Enríquez es un londinense más, y dice que está tan a gusto por allá, que ni el Brexit lo hará regresar.

RIO DE JANEIRO 2016

Solicito una oportunidad para contar más historias olímpicas en cualquier medio. Dispuesto a compaginar mi trabajo actual con la cobertura de las Olimpiadas. Razón principal: conmigo Andrés Gallegos, contactarme a mi perfil en Facebook, o a mi correo andresgallegosvaldez@gmail.com. Les paso mi cel por Inbox o email. Gracias.


domingo, 8 de mayo de 2016

El Pana, los toros, los antitaurinos y demás reflexiones

Por Andrés Gallegos

No me gusta la fiesta brava. Moralmente me causa conflictos y como arte no le encuentro su sentido estético. Leí extractos de "Muerte en la Tarde" de Ernest Hemingway, y varios de los cuentos que le dedica a la tauromaquia. Me parecieron buenos, pero no logré desentrañar y apropiarme de la pasión instintiva que emanan sus descripciones de esta actividad. A veces leo crónicas taurinas, y disfruto el uso del lenguaje y la jerga que hacen los periodistas especializados, aún sin comprender por qué un matador merecía dos orejas en lugar de una, o cuándo una faena es atractiva o insípida para los tendidos. Mi padre es un gran aficionado de la fiesta brava, y cuando habla de toros y toreros me encanta oírlo por la pasión que imprime a sus juicios e historias, pero permanezco como observador pasivo de esas recreaciones teatrales.

Una vez vi por televisión a Julián López "El Juli", indultando a un toro en la Plaza México. Me sentí aliviado porque le perdonaban la vida al toro, aún con el dolor de las banderillas colgándole del morrillo. Llegué a sentir admiración por los trotes de ballet de los caballos de Pablo Hermoso de Mendoza para evitar la cornada del toro, pero luego algún tonto montado en un caballo protegido con armadura medieval le aplicaba pinchazos al animal con una mezcla de crueldad y torpeza, buscando a tientas la parte más sensible del astado, y se perdía ese ligero involucramiento mío en la fiesta brava. Mi padre me contó la historia de un ganadero que regresaba a sus toros indultados a la plaza, con la corrida ya terminada, y los mataba con una pistola, ya que sus animales “debían morirse en el ruedo”. El relato me pareció terrible.

Estos acercamientos a la fiesta taurina no lograron engancharme a su ritual y simbolismos. Pero al mismo tiempo, me hizo conocer muchas historias acerca de mi padre. Por ejemplo, cuando de niño vendía tacos de frijoles con longaniza, de tortilla de harina, en la Plaza de Toros “La Morena”, de Villa de Purificación, como medio para aportar a la economía familiar.  Al mismo tiempo, se sorprendía al ver aterrizar las avionetas en el pueblo, mientras los toreros se bajaban y se dirigían al ruedo ya vestidos de luces. Y mientras compartía esa infancia y adolescencia en medio de los burladeros y tendidos, mientras me explicaba que el toro es la verdadera estrella de la tauromaquia porque es el principal protagonista de una escenificación de la vida y la muerte, mientras me decía que los toros con verdadera nobleza siempre embisten la muleta y están destinados para vivir por última vez en el ruedo, mientras en sus pláticas casi me hacía ver el traje de luces y la espada en sus manos, yo por dentro me decía y aún me digo, “no sé exactamente de qué me habla mi padre, pero es algo que ama y todas las cosas que él ama también las amo yo, así que haré un esfuerzo por enamorarme de ese romanticismo y hacerlo parte de mi”.

Ese esfuerzo de empatía con mi padre, me hace muy receloso de los anti-taurinos, sobre todo de aquellos cuyo celo prohibicionista los lleva a actos tan moralmente repugnantes como celebrar la muerte de un torero por una cornada, o como sucedió esta semana, festejar que el torero Rodolfo Rodríguez “El Pana” terminara cuadrapléjico. Comprendo que hay activistas con argumentos racionales para prohibir las corridas de toros. Michel de Montaigne le ha dedicado pasajes hermosos en sus “Ensayos” a los animales, alabando la capacidad de cuidarse a sí mismos, su nobleza y amor, el temple ante las adversidades y la comprensión instintiva de ideas que llevan tiempo a los seres humanos asimilar mediante la razón. Peter Singer, filósofo australiano, asegura que los animales tienen el rasgo fundamental de sentir el dolor, y que deberíamos tomar esto en cuenta a la hora de tratar a nuestras mascotas, o cuando pensamos en la procedencia de la carne que nos comemos (de allí que Singer también defienda el vegetarianismo como dieta común para la humanidad). Son ideas atractivas, que tal vez yo no practique pero reflexiono sobre las mismas. Mismas ideas que llevan a activistas con buenas intenciones a defender la prohibición de la tauromaquia. Pero algunos, no todos, pasan de la oposición al odio visceral, y es algo que particularmente me pone de malas.

Y cuando algún anti-taurino descerebrado desea lo peor a toreros desafortunados como El Pana, no puedo dejar de pensar en la familia de este adulto mayor de 64 años, y sobre todo, en la historia de vida de Rodolfo Rodríguez, quien perdió la vida tras quedar cuadrapléjico. El Pana era un ídolo del pueblo, que perdió los mejores años de su carrera por su necedad en criticar a matadores y empresarios, pero sobretodo, por su alcoholismo, enfermedad que le devoró sus ganancias y su vida. Torero peculiar, locuaz y excesivo, dedicó una corrida en la Plaza México a las prostitutas, por ser las musas que lo acompañaron en su aventura por los ruedos. Cuando logró recuperar su carrera, ya tenía 50 años, pero El Pana se resistió a que la vida le arrebatara el traje de luces, y siguió toreando, pese a estar claramente incapacitado para hacerlo. Tlaxcalteca de origen humilde, carismático y demasiado apegado a sus múltiples vicios, El Pana es el ejemplo de miles de vidas humanas,  que entregan todas sus facultades y defectos a una pasión que los hace vivir pero les consume hasta el último gramo del cuerpo. En el caso de Rodolfo Rodríguez, no entendió que una pasión mal atemperada nos vuelve insensatos y esclavos, él no supo dejarla a tiempo, y terminó por costarle el resto de su vida.

No me gusta la tauromaquia. Pero no la odio. Y cuando cretinos aseguran que la fiesta brava solo les puede gustar a salvajes y crueles sin educación, pienso en las historias paternas. Pienso en cómo iba los fines de semana a la Plaza México en el tiempo libre que le dejaba su instrucción militar en el Colegio del Aire, en sus pláticas sabrosas con otros taurinos en la Plaza Nuevo Progreso, y principalmente, en aquel niño al que la existencia de un toro de lidia le permitió vivir un poco mejor, tanto económica como sentimentalmente. Y tal vez, repasando esas historias, llegue a comprender al fin “las razones que la razón que no entiende” que llevaron a mi padre a amar las corridas de toros. Pero si continuará sin entender nada, no quisiera que prohibieran la Fiesta Brava, porque con ella, se llevarían parte de las vivencias de mi padre y de muchos hombres que llegaron a amar el ritual y los simbolismos de la tauromaquia. 

martes, 26 de enero de 2016

Simplemente Adriana o los matrimonios homosexuales caníbales

Por Andrés Gallegos

En nuestro programa de hoy, titulado 'Los homosexuales se comerán a tus hijos', veremos el daño que ocasionan estos depravados con sus preferencias. Por eso los convocamos a ustedes, madres y padres de familia influenciables y prejuiciosos, a que continúen en las penumbras marchando como borregos detrás de una manifestación excluyente y cavernaria.

La Biblia, la palabra de Dios que nunca se equivoca, contiene innumerables citas que comprueban el daño que los gay le hacen a TÚS hijos. Ya no hablemos de aquel pobre infeliz al que Dios mató por hacerse una chaqueta, o a esa Sodoma de la época de Abraham consumida por las llamas divinas. Desde Moisés hasta San Pablo, encontramos casos de canibalismo contra los niños, esas bellas criaturas del Señor. E incluso ahora, en un mundo atacado por plagas como la educación laica y los derechos humanos, esos enfermos insisten en comerse a toda la infancia, pero su sed de sangre y vísceras solo puede ser aplacada por la infinita ira divina.

Dígame señora, dígame señor que nos está escuchando, ¿qué haría usted si un día algún matrimonio homosexual secuestra a tu niño para cocinarlo a las brasas y salpimentarlo para darle un mejor sabor?, ¿que un día, saliendo de la escuela, una pareja de marimachas droguen a tu criatura para devorar sus sesos en un rico caldo, y guarden el resto del cuerpo en el congelador?. Los gay no pueden tener hijos primero para sacrificarlos al fogón después, porque el canibalismo está para que lo ejerzan los padres irresponsables que los abandonan en la calle, las empresas que los usan como mano de obra barata, o la pobreza que los arrincona a marchitarse de hambre viviendo de limosnas.

Por eso es que los homosexuales no deben casarse ni tener hijos, luego falta que pidan hogar, educación y asistencia médica los muy desgraciados. Ningún cristiano o hijo de Dios debe amar a sus enemigos o al prójimo como a sí mismo, porque todos sabemos que Jesús era un hippie mugroso con ideas comunistas. Por eso hay que marchar, radioescuchas, para inculcar la intolerancia y entrometernos en la vida pública de los demás con nuestras frustraciones, para obligar a los demás a pensar legalmente como nosotros, a dominar los cuerpos y las vidas sexuales de los demás. ¿Porque tener cariño por esos cocineros de niños, para que después te digan en tu cara lo deliciosos que saben?

Los matrimonios del mismo sexo atentan contra nuestro modo de vivir. ¿No lo entienden, caníbales?. Queremos familias disfuncionales, donde el padre golpeé a su mujer y maleduque a sus hijos, donde lo mejor sea traer niños para abandonarlos a merced de las miserias de la creación, donde las mujeres se embaracen jóvenes y sean juzgadas como putas por la ropa que visten, donde nuestros santos curas puedan tener sexo con niños sin ninguna restricción, donde podamos curar a los gay una enfermedad que no tienen, donde el sexo se prohíba para que después esta pulsión se degenere mediante otras vías. Todo eso nos pertenece, y debe compartirse entre un hombre y una mujer

Doy gracias al Señor por otro inspirado programa de pensamiento positivo y desarrollo humano. El amor de Dios es tan grande que no me cabe en el cuerpo.

ADDENDUM
Comentarios sobre familia, matrimonio homosexual y los niños benditos

Existen diversos tipos de familias en el mundo, el modelo de familia que toma la iglesia católica (madre, padre e hijos) es solo una de muchas existentes. Además, este modelo tradicional se ha ido socavando por diversos fenómenos, como un creciente número de divorcios y otros tipos de familia como la monoparental o la unión libre, que por lo general no son bien vistas por la Iglesia. Ya ni hablemos de otras prácticas familiares como la poligamia en Asia o las familias extensas rurales en países como India. Así que hay más tipos de familia de lo que se cree, y no lo que defina la visión restringida de la iglesia católica.

Yo prefiero utilizar un concepto moderno de familia, que incluya a las familias de elección o de afinidad, donde entrarían los matrimonios homosexuales. Prefiero usar el término del sociólogo Christopher Carrington, que define la familia como "personas que se aman y cuidan". En los matrimonios gay, aunque los hijos no sean "de sangre" o no se tengan hijos, se desarrollan actividades similares que en una familia "normal", como planificar labores de alimentación, cuidado de parientes, tareas domésticas, etcétera. Incluso, resulta irónico que cada vez más gays quieran formar una familia con dos padres o dos madres e hijos, en una etapa donde este tipo de organización declina.

Sectores conservadores de la Iglesia se ponen una venda en los ojos y se aferran a sus estructuras de pensamiento tradicionales cuando la realidad marca cambios que hay que entender y no anatemizar. Manuel Castells muestra en "El poder de la identidad" que en Estados Unidos el 25% de los niños no vivían con sus dos progenitores en 1990, de un 13% en 1960. Apenas la mitad de los hijos viven con sus dos padres biológicos, ya sea que vivan con solo uno o con algún padrastro o madrastra. En México ocurren fenómenos que contravienen la familia tradicional católica pero que son visibles, como los hijos ilegítimos o bastardos y el aumento de divorcios, de casi 20 por ciento entre 2000 y 2011 según el INEGI.

Por último, yo creo que los niños, al saber si tienen dos papás en vez de una mamá y un papá, les pasará lo mismo que a aquellos niños con padres divorciados, con el padre o la madre ausentes, o los que directamente no tienen papás y viven con los tíos o los abuelos, un enfrentamiento con el status quo que considera normal vivir con una familia conformada por un hombre y una mujer. "Defender la familia" también es defender todos los tipos de familia, incluso las de las llamadas "minorías", porque un gobierno democrático hace leyes para protegerlas o si no abusaría de su poder. Y "defender los derechos de los niños" es una actividad mucho más profunda que evitarles el contacto con los "perversos homosexuales come niños", tan capaces de criar hijos como un matrimonio heterosexual. No existe ninguna evidencia científica que los matrimonios homosexuales dañen o perturben a sus criaturas por el simple hecho de tener esta preferencia sexual. Si tienen evidencias no religiosas al respecto, muéstrenlas.

Respecto al aborto, es un tema más complejo. Pero me gustaría tocar el tema de los abortos indirectos. La iglesia católica más cavernaria, la que piensa que hasta una "Manuela" es un asesinato de millones de seres humanos y un condón es un instrumento del demonio, no mide con la misma vara estos casos donde la madre "mata a su hijo" pero de forma indirecta. Marvin Harris lo explica mejor en "Nuestra Especie".

"Debido a los peligros que afrontan las madres para practicar el aborto en las sociedades preindustriales, las mujeres prefieren muchas veces destruir al recién nacido que al feto". Harris refiere como métodos indirectos, "dejarlo morir de hambre lentamente, descuidarlos física y psicológicamente, y permitir que ocurran 'accidentes' ". Se le adjudican a esos niños no queridos signos de fatalidad y su muerte se recibe con cierto alivio, tildando el fallecimiento como "voluntad de Dios" o una llamada al cielo para convertirse en un "angelito". La explicación de este fenómeno viene acompañada con datos empíricos. ¿Esto es un atentado contra la vida también?.